Imperceptiblemente se movieron las hojas, a esa hora, en la quietud de la mañana. El día era sereno y los primeros rayos de sol sobre la tierra se entremezclaban con el rocío y creaban una atmósfera de humedal donde el grillo paseaba, en su probable recorrida diaria. Una rana de los zarzales la descartaba como víctima de sus apetencias juzgándola grande, dura y muy seguramente desabrida. Los ojos la vieron en el follaje y la excitación del descubrimiento le impidió quedarse quieta y evitar el movimiento brusco con que movió suavemente las hojas que podrían delatar su presencia expectante y ahuyentar su presa.
Todo esto pensaba Chaco, mientras sonreía interiormente, sentado en la mecedora alta al frente de la alambrada del fondo de la casa. Parapléjico y sin poder hablar por aquel accidente con el tractor del que no quería ni recordar, había sido reducido a un vegetal al que sacan a la mañana y guardan a la noche o cuando viene un temporal o mucho viento. Pero él escuchaba todo y su mente, alerta, registraba todo el entorno con supina precisión. Es que, recordaba, había tenido suerte en su chaco natal y, aunque le había quitado su identidad formal, le enorgullecía porque amaba profundamente su pago chico. Y amaba su infancia y había tenido suerte porque desde muy chico, el no tenía memoria desde cuando pero le habían dicho que desde los dos o tres años, supo tener una alimentación muy buena al ser el entenado de los Carmona, seguramente a cambio de tareas variadas que fueron creciendo como él. Eso sí, nada de educación o muy poca, apenas le enseñaron a leer y escribir y seguramente por mas necesidad de los Carmona que sus propios deseos. Chaco percibió las diferencias de alimentación con sus hermanos (vivían como a una legua y serían como doce, aunque nunca supo exactamente cuantos eran), que habían sufrido esa hambruna lenta, cotidiana y silenciosa que socavara tenazmente su fortaleza en la etapa mas crítica del crecimiento. Sí eso se notaba, él se sentía distinto en la expresión verbal y en la velocidad y vivacidad del pensamiento. Eran sus hermanos y los quería por eso, pero, nada podía hacer por ellos. Siendo el menor de todos, cuando los visitó todos eran mayores de doce años y salvo los mayores en el resto se veían las secuelas de la pobre alimentación. Todo esto había surgido en Chaco de comentarios del viejo Carmona acerca de su familia. Chaco había atado esos cabos y con ellos tejido una suave y dolorosa trama que envolvía a su familia y de la que él emergía por el azar del destino. Nunca supo si la jugada de la madre, Doña Humilda, había sido una jugada maestra o si simplemente se lo quiso sacar de encima por ser una boca más que alimentar.
Volvió sus ojos al objeto de su atención y la laucha anhelante movía veloz sus pequeños ojos calculando distancias y circunstancias. Avanzó brevemente y se alineó con el grillo hasta colocarse en el área de su alcance en forma recta. El grillo mientras tanto había detenido su tarea para asearse y repasar una y otra vez sus patas y antenas. Sus múltiples ojos le jugaban una mala pasada a esa hora y en ese lugar porque no había tanta luz como para percibir cambios que denunciaran la presencia de posibles amenazas.
La escena se dominaba claramente y yo también permanecía perfectamente quieto y en silencio esperando el desenlace. Me habían advertido que no le hablara a Chaco ya que no puede hablar y -no entiende nada-, dijeron.
Chaco tenía un gran mundo tras de sí. La observación minuciosa del entorno y sus recuerdos formaban parte del vasto campo donde correteaba sin cesar hasta quedar totalmente exhausto. Sí, sus ojos se movían con precisión y el presentía que se acercaba un final perfectamente predecible. Y así estaban las cosas cuando repentinamente una sombra se deslizó casi a ras de piso, veloz y silenciosa y raudamente la lechuza alzó su vuelo con la laucha entre sus garras hasta perderse en el aire, dejando en el lugar solamente un remolino fugaz de hojas moviéndose. Chaco y yo la seguimos con los ojos. El grillo estaba allí. Yo había contenido la respiración por lo impensado del suceso y me incliné sobre Chaco buscando tal vez la nada. Pero me encontré una mirada distinta y una sola lágrima corriendo sobre su pómulo izquierdo para ir a morir sobre el paño raído de su gabán azul.