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de tiempo adentro

por rareosky
domingo, 14 de agosto del 2011 a las 15:04
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De tiempo adentro

Quiero una copla que ruede
cuando ya no ruede yo
semilla hermana del trigo
del tabaco y del arroz.

Panaderito de cardo que ande
como sin razón
sin que ni el viento se acuerde
de qué tallo era la flor.

(...)

Sé de un rey en cuyas tierras
jamás se ocultaba el sol
su reino se hizo pedazos
pero su copla quedó.

Polvo se hará mi guitarra
mi memoria... cerrazón
mi nombre, puede que muera
mi copla... puede que no.

Osiris Rodríguez Castillos

Un encuentro donde cuarenta años no son nada

por rareosky
domingo, 27 de abril del 2008 a las 22:52
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Sucedió. El primer encuentro sucedió como tenía que ser: con alegría, asombro y nostalgia. Aparecieron sólo veinticuatro de los veintisiete convocados, pero daba igual. Estaban allí después de cuarenta años, conociéndose y reconociéndose, recuperando gestos, risotadas y muchos chistes de tiempos pasados que resurgían a borbotones.
El colegio Otto Krause había quedado muy atrás, desvanecido por la pesada acumulación de imágenes que después de cuarenta años lo sepultaron con férrea decisión paleontológica. Pero el limo de los tiempos depositado en miles de estratos no fue lapidario y lentamente se produjeron grietas que permitieron salir a la superficie a aquellas imágenes guardadas para beberlas como agua fresca de manantial.
Se notó en un primer momento el desconcierto producido por los cambios que ocasionó el tiempo en cada rostro, pero de a poco fueron aflorando los recuerdos y la memoria fue rearmando las imágenes hasta producir una suerte de continuidad entre el recuerdo y aquella noche.
Hubo pedidos de disculpa por bromas pesadas que fueron perdonadas con la indulgencia que dan los años y con la ayuda de la recorrida memoriosa que incluyó las ratas a los billares, el cine Cécil y las fragorosas pulpeadas. El nombre tenía que ver con la pelota de goma marca Pulpo que alguno siempre traía escondida entre sus ropas y permitía jugar inolvidables partidos de fútbol en la costanera, que terminaban con el tiempo justo para agarrar el bondi de siempre y tratar de pasar desapercibido en el regreso a casa, a pesar de las manchas de pasto en la ropa y las raspaduras en codos y rodillas.
La última visita al colegio también produjo nostalgia, pero predominaron la rabia y una gran tristeza. Fue con motivo de la celebración del Día Krauseano, 10 de julio, a propósito del aniversario del nacimiento del ingeniero Otto Krause. El edificio se erige como una especie de monumento a la devastación producida en el país en los últimos cuarenta años. Allí están sus paredes, puertas y ventanas con restos de la misma pintura descascarada de antaño. Las instalaciones solo albergan como única señal de esperanza a esos chicos que atendieron a los visitantes con cariño y deseos de revertir algo. Parecían náufragos pidiendo socorro, apelando a esa fibra intangible que algunos llaman afecto, otros tener la camiseta puesta, y que producen una enorme y dulce herida en el costado más sensible del alma. Esos chicos que, solos, parecían comandar un inmenso transatlántico que derivará en el inmenso y borrascoso mar de la realidad nacional.
En el restaurante, en cambio, sonrieron toda la noche. Aparecieron las máquinas fotográficas y las anécdotas se fueron colando durante todo el encuentro, como la salsa sabrosa que se agregaba fragante a las pastas humeantes que eligieron para la cena. Se armaron grupos de a dos, tres y cuatro; cambiaron de posición continuamente para compartir aquella emoción inesperada e inexplicable con todos, sabiéndola única e irrepetible. La llamada de Federico desde Basilea, Suiza, fue el broche de oro: su voz, vía telefónica, daba el presente desde Europa.
A los postres comenzaron los abrazos, besos y caricias y se ensayaron mil cabriolas para estirar el momento tanto como se pudiera. Estaban absolutamente solos en el restaurante atiborrado de gente. Los mozos, vertiginosos, haciendo piruetas entre las mesas, sencillamente no existían para ellos. A un costado, cinco viejas relojeaban y se reían de la algarabía de cada encuentro. No podían entender desde sus probables 60 años las reacciones de veinticuatro pibes de 20 que hacia cuatro décadas que no se veían. Lejos estaban ellas de sospechar que ellos lo habían logrado: retrocedieron en el tiempo y volvieron a ser los muchachos de entonces, patentizados en el recupero (loaded, se dice ahora) de los sonidos y los gestos.
Fue un momento. Un momento definido e infinito. Cuando se volvieron a sus casas, atravesando la noche de Buenos Aires, recuperaron lentamente el tiempo actual.

Suavemente, en silencio, cruzando también sus propias noches de extremo a extremo.

LA IGNOTA MENTE DE UN VEGETAL

por rareosky
domingo, 27 de abril del 2008 a las 22:49
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 Imperceptiblemente se movieron las hojas, a esa hora, en la quietud de la mañana. El día era sereno y los primeros rayos de sol sobre la tierra se entremezclaban con el rocío y creaban una  atmósfera de humedal donde el grillo paseaba, en su probable recorrida diaria. Una rana de los zarzales la descartaba como víctima de sus apetencias juzgándola grande, dura y muy seguramente desabrida. Los ojos la vieron en el follaje y la excitación del descubrimiento le impidió quedarse quieta y evitar el movimiento brusco con que movió suavemente las hojas que podrían delatar su presencia expectante y ahuyentar su presa.

Todo esto pensaba Chaco, mientras sonreía interiormente, sentado en la mecedora alta al frente de la alambrada del fondo de la casa. Parapléjico y sin poder hablar por aquel accidente con el tractor del que no quería ni recordar, había sido reducido a un vegetal al que sacan a la mañana y guardan a la noche o cuando viene un temporal o mucho viento. Pero él escuchaba todo y su mente, alerta, registraba todo el entorno con supina precisión. Es que, recordaba, había tenido suerte en su chaco natal y, aunque le había quitado su identidad formal, le enorgullecía porque amaba profundamente su pago chico. Y amaba su infancia y había tenido suerte porque desde muy chico, el no tenía memoria desde cuando pero le habían dicho que desde los dos o tres años, supo tener una alimentación muy buena al ser el entenado de los Carmona, seguramente a cambio de tareas variadas que fueron creciendo como él. Eso sí, nada de educación o muy poca, apenas le enseñaron a leer y escribir y seguramente por mas necesidad de los Carmona que sus propios deseos. Chaco percibió las diferencias de alimentación con sus hermanos (vivían como a una legua y serían como doce, aunque nunca supo exactamente cuantos eran), que habían sufrido esa hambruna lenta, cotidiana y silenciosa que socavara tenazmente su fortaleza en la etapa mas crítica del crecimiento. Sí eso se notaba, él se sentía distinto en la expresión verbal y en la velocidad y vivacidad del pensamiento. Eran sus hermanos y los quería por eso, pero, nada podía hacer por ellos. Siendo el menor de todos, cuando los visitó todos eran mayores de doce años y salvo los mayores en el resto se veían las secuelas de la pobre alimentación. Todo esto había surgido en Chaco de comentarios del viejo Carmona acerca de su familia. Chaco había atado esos cabos y con ellos tejido una suave y dolorosa trama que envolvía a su familia y de la que él emergía por el azar del destino. Nunca supo si la jugada de la madre, Doña Humilda, había sido una jugada maestra o si simplemente se lo quiso sacar de encima por ser una boca más que alimentar.

Volvió sus ojos al objeto de su atención y la laucha anhelante movía veloz sus pequeños ojos calculando distancias y circunstancias. Avanzó brevemente y se alineó con el grillo hasta colocarse en el área de su alcance en forma recta. El grillo mientras tanto había detenido su tarea para asearse y repasar una y otra vez sus patas y antenas. Sus múltiples ojos le jugaban una mala pasada a esa hora y en ese lugar porque no había tanta luz como para percibir cambios que denunciaran la presencia de posibles amenazas.

La escena se dominaba claramente y yo también permanecía perfectamente quieto y en silencio esperando el desenlace. Me habían advertido que no le hablara a Chaco ya que no puede hablar y -no entiende nada-, dijeron.

Chaco tenía un gran mundo tras de sí. La observación minuciosa del entorno y sus recuerdos formaban parte del vasto campo donde correteaba sin cesar hasta quedar totalmente exhausto. Sí, sus ojos se movían con precisión y el presentía que se acercaba un final perfectamente predecible. Y así estaban las cosas cuando repentinamente una sombra se deslizó casi a ras de piso, veloz y silenciosa y raudamente la lechuza alzó su vuelo con la laucha entre sus garras hasta perderse en el aire, dejando en el lugar solamente un remolino fugaz de hojas moviéndose. Chaco y yo la seguimos con los ojos. El grillo estaba allí. Yo había contenido la respiración por lo impensado del suceso y me incliné sobre Chaco buscando tal vez la nada. Pero me encontré una mirada distinta y una sola lágrima corriendo sobre su pómulo izquierdo para ir a morir sobre el paño raído de su gabán azul.

Extraña foto roja

por rareosky
domingo, 27 de abril del 2008 a las 21:11
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Extraña Foto Roja 

 

Extraña foto roja, y ese rostro mirando la nada recortado sobre su tercio derecho.La mirada casi dura, perdida y perfectamente escindida del plano del cual parece salirse. No se pueden adivinar los detalles del entorno. La roja oscuridad lo impide, pero la mirada como ausente y los labios entreabiertos  imaginan una realidad desangrante, un final sin final o, el final de la nada. La nada negraroja que tal vez indique una suceso muy lejano, solo, alojado en un lugar profundo de la pasado.

Aunque, tal vez, también podría ser una mirada al incierto futuro. En todos los casos el enigma persiste y es difícil permanecer ajeno a ello.

 Por momentos uno quiere romper el vínculo de poderosa atracción que ejerce desde la vacuidad de la mirada. Por momentos se deja llevar por el sortilegio y allí pierde la noción del tiempo y es arrastrado en un torbellino de imágenes veloces y fugaces que desfilan ante uno en

sucesión interminable, infinita. Es entonces cuando aparece en la conciencia la atroz sensación de haber sido atrapado en sus redes y la mirada ejerce el poder de una sensación difícil de describir. Ya todo está perdido, ya no es posible salir. Entonces se invierten los objetos; el mirado y que mira ya no son el observador y la foto sino la foto y el observador. La foto me mira con fijeza y no es posible reparar en el ambiente en el que estoy, y siento que progresivamente se va oscureciendo todo hasta desaparecer en un espeso manto rojo. Alcanzo a verme en lo único que queda, un espejo, y distingo mi rostro con una mirada casi dura, perdida y perfectamente escindida del plano del espejo del cual parece salirse.  La mirada inquisidora que desvanece mi propio ambiente sigue perforando mi yo, hasta hacerme sentir totalmente

abandonado a mi suerte.

Luego se vuelve todo rojo.

este blog

por rareosky
miércoles, 24 de octubre del 2007 a las 00:23
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Este blog sera construido con mis reflexiones sobre los temas que me bullen en la cabeza. Es para compartir intercambiar, disentir, opinar y sobre todo para construir entre los que se acerquen.

 

Oscar

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